El perfil del agresor

Vida & Sociedad
Tipografía
  • Diminuto Pequeño Medio Grande Más Grande
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

La violencia se encuentra estereotipada en un medio socioeconómico bajo, en donde un sujeto sin estudios, con una historia de violencia y probablemente adicto al menos al alcohol, agrede física y verbalmente a su pareja. Pero cuando llegamos al esquema de mujeres violentadas, es muy difícil trabajar e intentar resarcir los daños, pues las pérdidas son cuantiosas ...

Sin embargo, poco se hace en materia de prevención, y es importante considerarlo, porque el agresor más peligroso, no es el estereotipado, sino aquél que no puede ser detectado por los ojos de la normalidad. Por ello, es importante establecer el perfil de este tipo de agresor.

En primer lugar, nos encontramos frente a un hombre con un nivel de educación alto, o al menos alguien que procura cultivarse de manera continua, tal vez de manera escolarizada o autodidacta. Un hombre interesante, que tiene una plática amena, que sus aventuras y conocimientos son fascinantes.

Es un perfilador nato, puesto que como buen depredador, estudia a la presa y a su entorno; cuando se interesa por alguien, es porque ya hizo un análisis previo y eficientemente amplio. Generalmente busca mujeres inteligentes, independientes y valiosas, con familias integradas, de un buen medio cultural, pero siempre "solas". En este esquema, el depredador es paciente, en primera instancia busca acercarse a los círculos en los que ella se mueve. No le teme a conocer a la familia, los amigos; se interesa por el trabajo y proyectos de su presa. Esto lo convierte en una persona aparentemente confiable, puesto que no tiene nada que esconder. Es valiente para presentarse con la familia y además les cae bien a todos, se convierte en el favorito. La presa ya no puede asistir a ningún evento sola sin que le pregunten por su amado depredador.

Es una persona seductora, y esto no sólo se refiere a coquetería, sino a que seduce sutilmente con todo lo que dice, yo lo diría de una manera más sencilla, que es un encantador de serpientes. Es atento, caballeroso, suave en la manera de hablar y si son personas cercanas a la presa, delicado en el trato hacia los demás. Analiza los gustos más que cualquier otra persona, es un amo de los detalles, sin ser burdo o servicial, sabe medir perfectamente la intensidad en el buen trato.

Bajo este esquema, nos encontramos con una persona narcisista, es decir, alguien que busca sobresalir, tener toda la atención en él; y por supuesto por su trato encantador, obtiene esto que busca. O puede ser un sujeto medio excéntrico, que busca todo el tiempo ser diferente, digamos que es otra cara del narcisismo; tal vez a este excéntrico no le gusta “aparentemente” ser notado, aunque le agrada se reconocido por original.

A partir de esta forma de ser, establece una dominancia sutil, como sus comentarios son elocuentes y su presencia valiosa, entonces se aceptan sus sarcasmos como algo normal. Aquí comenzamos a ver el lado oscuro del agresor, agrede con autoridad, agrede con conocimiento de causa, aunque su agresión es justificada como exceso de inteligencia. El sarcasmo siempre tiene un contenido de agresión tremenda, sobre todo cuando el sarcasmo va dirigido como saeta directa hacia la persona que se encuentra cercana en afectos, porque destruye la autoestima como agente corrosivo.

En ocasiones el agresor se ausenta, y siempre tiene una excusa perfecta, el trabajo, los proyectos, en fin, siempre con una cálida sonrisa nos hace saber que todo está en orden y que su ausencia fue debido a sus ocupaciones; pero como todo buen depredador, tiene que descansar a solas o está ocupado con otra presa, porque generalmente no ataca a una víctima a la vez.

Otro indicador importante, es que se refiere haber tenido varias parejas o inclusive varios matrimonios, situación que se pasa por alto, puesto que habla de estas historias con calma y sin reproches o rencores, por lo que sólo parecen una serie de infortunios, en donde él ha sido una víctima de las terribles garras de las malas mujeres que la vida le ha puesto en su camino. Algo que es importante, porque en cuestión de relaciones, nadie es víctima, todos tenemos responsabilidad y tener una historia de muchas parejas, nunca es un signo de estabilidad.

Cuando nuestro agresor siente que tiene algún derecho dado por tiempo o por un documento, entonces inicia el verdadero viacrucis. Miles de veces he escuchado “no sabía que era así, te juro que así no era al principio, no soy una tonta, cómo pudo engañarme”.

El problema central de este tipo de agresores es que mata en vida a la víctima poco a poco y disfruta el proceso, cada día se envilece más y sus fauces y sus garras quedan expuestas, sus agresiones se vuelven más burdas, descarapelando esta imagen de príncipe encantador, y dejándonos con la única verdad, es un depredador, que disfruta del sufrimiento ajeno, pero peor que cualquier psicópata, puesto que hace vínculos afectivos con la víctima y la ve gustosamente morir día a día ante sus ojos. Definitivamente hay peores torturas que el ser dañado físicamente, puesto que cuando a alguien lo han torturado psicológicamente a estos niveles, dudo mucho que algún día se pueda recuperar; es como si le carcomieran el alma, como si se alimentaran del daño que provocan.

Desgraciadamente no existen estudios o estadísticas, ni revistas colegiadas de este tipo de agresor, puesto que todos ellos no aparecen en las filas de las cárceles, no se encuentran encerrados, nadie nunca los ha condenado, aun cuando los daños causados ​​han sido cuantiosos. No podríamos referir casos específicos, pero estoy segura que si lo pensamos dos veces, todos conocemos al menos uno. Finalmente yo recomendaría lo siguiente: no te cases con un hombre de ojos de vidrio, no busques el dinero o lo fácil, busca un hombre que te quiere por quien eres, que sea sencillo, que sea honrado y trabajador, no olvides conocer a su familia, fíjate bien, no vaya ser que deslumbrada por lo menos importante, te vayas encontrando al mismo diablo.

Agradezco la valiosa colaboración de la Psic. Patricia Guerrero para redondear las ideas de este artículo.

 

Esther Guadarrama Benavides