El poder de la sotana (Con la mano en el corazón)

Réplica y Contrarréplica
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Capítulo 25

Con la mano en el corazón

 

Una voz fuerte no puede competir con una voz clara,

aunque ésta sea un simple murmullo.

Confucio

 

La luz de los quinqués iluminaba las caras de los clientes del restaurante donde por primera vez se encontraron Imelda y Pedro. El fondo sonoro del ambiente era el murmullo de voces, coro pianísimo que parecía seguir el ritmo del movimiento de las flamas. El rojo de los manteles contrastaba con el blanco de las servilletas que alguna mano hábil convirtió en mariposas a punto de emprender el vuelo.

De repente y como si se tratase de una tertulia, el cuchicheo se transformó en bullicio cuando en el fondo de salón apareció el maestro Manuel M. Ponce. El entusiasmo duró hasta que el dulce sonido de “su majestad el piano” hizo callar a quienes estaban ahí porque habían ido a escuchar el arte del músico.

            Ponce quitó la vista del teclado para agradecer los tempraneros aplausos y lo primero que vio fue la cara de Imelda. Como impulsado por un resorte, sin pensarlo, dejó el piano para dirigirse a la mesa de mujer. “Me quieres acompañar”, le dijo después de besar su mano. “Es un honor, maestro”, contestó ella levantándose de la silla. Asidos del brazo, pianista y cantante, caminaron hacia el pequeño e iluminado escenario. Sin soltar a la cantante, Ponce empezó a acariciar el piano. Las notas de Malgré tout invadieron el ambiente: con su mano izquierda y el pie en el pedal derecho el músico interpretó la melodía. Poco antes de concluir la pieza ella dijo: “La compuso usted en honor del escultor Jesús Fructuoso Contreras, ¿verdad maestro?” Él sonrió sorprendido por la información de Imelda. Hizo una reverencia y la soltó para tocar la introducción de Marchita el alma indicándole con los ojos que era el momento de cantar. Voz y piano se unieron mostrando el virtuosismo de los dos “instrumentos”. El arrobo de la gente contagió a Pedro del Campo, quien llegó justo en el momento en que empezaba la canción. Cuando Imelda lo descubrió parado en el umbral del portón de entrada, como si quisiera dedicarle las últimas estrofas, fijó la vista en Pedro y concluyó la pieza:

…Yo quise hablarle,
y decirle mucho...mucho...
pero al intentarlo
mi labio enmudeció.

Nada le dije,
porque nada pude...
pues era de otra ya,
pues era de otra ya
su corazón...

El aplauso de los parroquianos invadió el espacio. Los comensales se levantaron entusiasmados. Impulsado por la emoción, Pedro apuró el paso para dirigirse a donde estaba Imelda. Le besó la mano y dijo con una espontaneidad que sorprendió a la mujer: “Quisiera darte un beso en la boca para poder acariciar tu alma”. Ella sonrió y jaló a Pedro hacia Ponce:

—Maestro, él es Pedro del Campo, un buen amigo.

—Sí, sé quién es. Lo conocí el día en que usted cantó Estrellita y el señor Del Campo desentonó…”

            —Vuelvo a ofrecerle mi más respetuosa disculpa, Maestro. Ya lo había hecho y espero que lo recuerde —reviró Pedro.

            Ante la caballerosidad y decencia del militar, a Ponce no le quedó mas que condescender.

— ¡Venga la mano de amigo! —Dijo el músico extendiendo su diestra—. Aquí tiene usted a un hombre que aprecia en lo que vale las expresiones del corazón, la sinceridad que como la suya está despojada del orgullo y la soberbia que tanto confunden a los seres humanos. Imelda —agregó Ponce emocionado—, gracias otra vez por darle vida a mis composiciones…

            —No maestro —respondió la mujer—, es usted quien le ha puesto el ánima a la música.

            —Eres un poco exagerada, pero de cualquier manera me entusiasma escuchar esos conceptos y compartir contigo, con ustedes —corrigió volteando a ver a Pedro—, lo que está dentro de mí. Les agradezco y los dejo porque la obligación me lo exige.

            Ponce regresó al piano y el público volvió a aplaudir. Pedro e Imelda ocuparon una de las mesas.

            — ¿Pedimos vino? —preguntó el militar. Antes de escuchar la respuesta le mostró con el índice alguno de los platillos que figuraba en la carta—. Si me permites ordeno este guiso que parece ser un bocado de cardenal.

            —Está bien, está bien; me declaro tu rehén culinario siempre y cuando no aparezca por aquí alguno de los cardenales que probaron y aprobaron lo que hoy sugieres… —bromeó Imelda.

            —No te preocupes mujer, están muy ocupados tratando de descifrar las estúpidas decisiones de sus huestes en México, en especial las que arbitrariamente tomó el arzobispo Mora.

            Imelda abrió aún más sus ya enormes ojos verdes azulados y dijo: —Se nota que estás muy molesto. ¿Es por el cierre de los templos?

            —Sí. Y también por el daño que provocarán los cristeros. Cientos de seres inocentes morirán, todos ellos, Imelda, estimulados por el fanatismo de sus pastores quienes, a su vez, fueron empujados por el arzobispo y los obispos Lara y Torres y Díaz Barreto, no así por Dios, como lo pregona el Mora y del Río.

            — ¿Cambiamos de tema? —sugirió ella.

            —Perdón, perdón. A veces me excedo en mis manifestaciones. Mejor dicho lo hago todos los días después de leer el informe que envían los comandantes que combaten a los insurrectos. Muchos han muerto y morirán sin saber por qué o, en el mejor de los casos, dejan y dejarán este mundo confundidos y creyendo que Calles es el mismísimo diablo. Esta es la razón de mi enojo. Está bien; démosle la vuelta a la página. Ahora te escucho.

            Imelda expuso lo que dijo Leonora e incluyó sus experiencias con los oficiales que la abordaron. La cara de Pedro dejó la expresión de seguridad que le caracterizaba para mostrar la preocupación que casi nunca aparecía en su rostro quemado por el sol. Además de la inquietud revuelta con la sorpresa, lo que escuchó le hizo sentirse como un ladrón descubierto in fraganti.

            La mujer percibió el impacto de sus palabras y quiso ser más explícita y comprensiva:

—No te preocupes Pedro; el Embajador no sabe de tu relación con Leonora. Él cree que nuestra amiga es una de las víctimas de Tom. Por eso la envió a Buenos Aires, para que se recupere de su decepción. Eso dijo Leo.

La forma de pronunciar esta última frase mostró a Pedro que la cantante conocía los detalles de su relación con Leonora. Se contuvo cuando iba a indagar hasta dónde estaba enterada y sólo preguntó:

            — ¿Leíste los documentos?

            —No. Pero intuyo que te serán útiles porque contienen datos importantes sobre Kellogg. Es lo que me comentó Leonora; te repito de memoria sus palabras: “Se trata de un salvoconducto, de revelaciones que afectan el prestigio personal del secretario de Estado”.

            Como supuso que ya no habría más información relevante, Pedro decidió cambiar la conversación. “Gracias”, le dijo. Iba a indagar sobre su vida profesional cuando Ponce los sorprendió: “¿Me permiten que los acompañe? Yo invito la cena. Déjenme hacerlo porque mañana regreso a París. Hoy concluyen mis breves vacaciones…”

            —Maestro, perdone mi confusión, supuse que este agradable lugar era de su propiedad —aclaró Pedro.

            —Ojalá lo fuera. No, no es mío. El propietario es un buen amigo. En mis estancias en México me invita a tocar su magnífico piano Steinway y yo acepto para no perder la habilidad, si acaso la tengo. Usted lo sabe y también Imelda: lo importante es practicar y ensayar con frenesí, como dice uno de mis maestros. O como lo sentenció Beethoven: El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación.

            —Sí Manuel —intervino Imelda—, pero para un virtuoso como Ponce esto es como un apéritif

            —Imelda; siempre tan exagerada. Reviro su halago con la frase de Topete del Valle, un joven talentoso de Aguascalientes, mi tierra adoptiva: es Usted producto de bona terra, bona gens, clarum coelum y aqua clara.

            Después de reír ante el duelo de lisonjas, los tres levantaron sus copas de vino tinto para brindar por un pronto y venturoso encuentro.

            —A propósito Señorita —dijo Ponce—, casi tengo lista la partitura de la canción que le dedicaré… con el debido respeto Capitán…

             —Es un honor para mí, Maestro, ser testigo de este maravilloso obsequio—contestó Pedro—. Espero estar presente cuando nuestra amiga reciba la partitura.

            —Delo por hecho. Los tres lo festejaremos.

            Imelda escuchaba con arrobo la conversación de Pedro y Manuel. Los dos hombres la miraron como si esperaran su comentario.

—Con la mano en el corazón, le agradezco Maestro el honor de ser su musa —reaccionó ella—. Y con esa misma mano, también en el corazón, pido a Pedro que esté presente el día que escuchemos la música que no merezco.

            —No peque usted de modesta Imelda. El capitán Del Campo no me dejará mentir: merece más de lo que este pobre músico puede ofrecerle.

            Al pronunciar la última palabra el cielo se iluminó con el relámpago que anunció el estruendo del rayo que cayó a pocos metros del lugar. En seguida se desató una intensa lluvia e Imelda dijo acongojada:

—Espero que no sea un mal presagio…

            —Al contrario —intervino Pedro—, los rayos son la energía del cielo y la lluvia es vida. Lo que tú eres: vida y energía… Como dijo el maestro Ponce: bona terra, bona gens, clarum coelum et aqua clara.

            —Esto es lo que me faltaba para concluir su vals dedicado a un ángel lleno de energía y siempre con una hermosa y refrescante sonrisa… —intervino Manuel.

            — ¿Ya tiene nombre la obra? —preguntó Pedro.

            —Sí, se llama Alma herida.

            Los dos hombres se miraron como lo hacen los amigos que rivalizan por el amor de una mujer. Al ver al fotógrafo del lugar, Pedro convocó a Ponce e Imelda para que los tres posaran.

—Nos volveremos a reunir para festejar nuestro afecto por la vida —dijo Del Campo poco antes de que el trío quedara deslumbrado por el flashazo de la cámara que “robó” el alma a los tres.

Alejandro C. Manjarrez